1929-1932: Capítulo 22. El Congreso de los soviets y la manifestación de junio, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 339-351.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 7 de mayo de 1998.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
El primer Congreso de los soviets, que sancionó los planes
de ofensiva de Kerenski, se reunió el 3 de junio en Petrogrado,
en el edificio de la Academia militar. Acudieron a él 820
delegados con voz y voto y 268 con voz, pero sin voto. Estos delegados
representaban a 305 soviets locales y a 53 soviets cantonales
y de distrito, a las organizaciones del frente, a los institutos
armados del interior del país y a algunas organizaciones
campesinas. Tenían voz y voto los soviets integrados por
más de 25.000 miembros. Los formados por 10 a 25.000 sólo
tenían voz. Basándose en estas normas, que, dicho
sea de paso, es poco probable que se observaran al pie de la letra,
puede calcularse que en el Congreso estaban representadas más
de 20 millones de personas. De los 777 delegados que facilitaron
datos sobre su filiación política, 285 resultaban
ser socialrevolucionarios, 243 mencheviques y 105 bolcheviques;
después venían otros grupos menos nutridos. El ala
izquierda, formada por los bolcheviques y los internacionalistas,
representaba menos de la quinta parte de los delegados. En su
mayoría, el Congreso estaba compuesto por elementos que
en marzo se habían hecho socialistas y en junio estaban
ya cansados de la revolución. Petrogrado tenía que
parecerles una ciudad de locos.
El Congreso empezó aprobando la expulsión de Grimm,
un lamentable socialista suizo que había intentado salvar
a la revolución rusa y a la socialdemocracia alemana negociando
detrás de la cortina con la diplomacia de los Hohenzolern.
La proposición presentada por el ala izquierda para que
se discutiera inmediatamente la cuestión de la ofensiva
que se estaba preparando fue rechazada por una mayoría
abrumadora. Los bolcheviques no eran allí más que
un puñado. Pero el mismo día y acaso a la misma
hora, la conferencia de los Comités de fábrica de
Petrogrado votaba, también por una aplastante mayoría,
una resolución en la que se decía que sólo
el poder de los soviets podía salvar al país.
Por miopes que fueran los conciliadores, no podían dejar
de ver lo que estaba sucediendo diariamente a su alrededor. Influido
seguramente por los delegados de provincias, Líber, este
encarnizado enemigo de los bolcheviques, denunciaba en la sesión
del 4 de junio a los ineptos comisarios del gobierno, a quienes
en el campo no querían entregar el poder. «A consecuencia
de esto, una serie de funciones de la competencia de los órganos
del gobierno han pasado a manos de los soviets, incluso cuando
éstos no lo deseaba.» Estos hombres se quejaban de
sí mismos. Uno de los delegados, maestro de escuela, contaba
en el Congreso que durante los cuatro meses de revolución
no se había operado el cambio más insignificante
en la esfera de la instrucción pública. Los antiguos
maestros, inspectores, directores, etc., muchos de ellos antiguos
afiliados a las «centurias negras», los viejos planes
escolares, los viejos manuales reaccionarios, hasta los viejos
subsecretarios del ministerio; todo seguía tranquilamente
donde estaba. Sólo los retratos del zar habían sido
descolgados para llevarlos al desván, de donde no era difícil,
ciertamente, sacarlos para volverlos a sus sitios.
El Congreso no se decidió a levantar la mano contra la
Duma ni contra el Consejo de Estado. El orador menchevique Bogdanov
justificaba su timidez ante la reacción con el pretexto
de que la Duma y el Consejo «no son más que instituciones
muertas, inexistentes». Mártov, con su gracejo polémico
habitual, replicóle: «Bogdanov propone que se declare
la Duma inexistente, pero que no se atente contra su existencia.»
El Congreso, a pesar de la gran mayoría gubernamental,
transcurrió en una atmósfera de inquietud e inseguridad.
Aquel patriotismo remojado no daba ya más que llamaradas
tímidas. Era claro que las masas estaban descontentas y
que los bolcheviques eran incomparablemente más fuertes
en el país, sobre todo en la capital, que en el Congreso.
El debate mantenido entre los bolcheviques y los conciliadores,
reducido a su raíz, giraban entorno a este tema: ¿A
quién tiene que asociarse la democracia, a los imperialistas
o a los obreros? Sobre el Congreso se cernía la sombra
de la Entente. La cuestión de la ofensiva estaba resuelta
de antemano, los demócratas no tenían más
recurso que doblegarse. «En estos momentos críticos
-decía Tsereteli, en tono de mentor- no debemos prescindir
de ninguna fuerza social que pueda ser útil para la causa
popular.» Era el argumento en que se fundaba la coalición
de la burguesía. Y como el proletariado, el ejército
y los campesinos estropeaban a cada paso los planes de los demócratas,
había que declarar la guerra al pueblo bajo el manto de
una guerra contra los bolcheviques. Ya hemos visto cómo
Tsereteli no tenía inconveniente en «prescindir»
de los marineros de Kronstadt para no arrojar de su regazo al
kadete Pepliayev. La coalición se aprobó por una
mayoría de 443 votos contra 126 y 52 abstenciones.
Las tareas de la inmensa e inconsistente asamblea congregada en
la Academia militar de Petrogrado se distinguieron pro el tono
pomposo de las declaraciones y la mezquindad conservadora de los
cometidos prácticos. Esto imprimió a todas las resoluciones
una huella de inutilidad y de hipocresía. El Congreso proclamó
el derecho de todas las naciones de Rusia a gobernarse libre y
soberanamente. Pero la clave de este problemático derecho
se entregaba, no a las propias naciones oprimidas, sino a la futura
Asamblea constituyente, en la que los conciliadores confiaban
en tener mayoría, preparándose a capitular en ella
ante los imperialistas, ni más ni menos que lo habían
hecho en el gobierno.
El Congreso se negó a votar un decreto sobre la jornada
de ocho horas. Tsereteli explicó las vacilaciones de la
coalición en este terreno por las dificultades con que
se tropezaba para coordinar los intereses de los distintos sectores
de la población. ¡Cómo si en la historia se
hubiera hecho nunca nada grande a fuerza de «coordinar intereses»
y no imponiendo el triunfo de los intereses del progreso sobre
los de la reacción!
Groman, economista del Soviet, presentó al final su inevitable
proposición «sobre el desastre económico que
se avecina y la necesidad de atajarlo mediante la reglamentación
de la economía por el Estado». El Congreso votó
esta resolución ritual, en la seguridad de que las cosas
seguirían como estaban.
«Grimm ha sido expulsado -escribía Trotski el 7 de
junio-, y el Congreso ha pasado al orden del día. Pero
para Skobelev y sus colegas los beneficios capitalistas siguen
siendo sagrados e inviolables. La crisis de las subsistencias
se agudiza cada día más. En el terreno diplomático,
el gobierno no cesa de recibir golpes. Finalmente, la ofensiva
tan histéricamente proclamada, se echará muy pronto
sobre los hombros del pueblo como una monstruosa aventura.»
Tenemos paciencia y estaríamos dispuestos a seguir contemplando
tranquilamente la clarividente actuación del ministerio
Lvov-Terechneko-Tsereteli unos cuantos meses más. Necesitamos
de tiempo para nuestra preparación. Pero el topo subterráneo
mina aceleradamente, y con la ayuda de los ministros «socialistas»
el problema del poder puede echárseles encima a los miembros
de este Congreso mucho antes de lo que todos sospechamos.
Procurando atrincherarse ante las masas detrás de una autoridad
superior a ellos, los caudillos hacían intervenir al Congreso
en todos los conflictos pendientes, comprometiéndolo sin
piedad a los ojos de los obreros y soldados de Petrogrado. El
episodio más ruidoso de este género fue el sucedido
con la casa de campo de Durnovo, antiguo dignatario zarista, que,
siendo ministro del Interior, se cubrió de gloria con la
represión de la revolución de 1905. La villa deshabitada
de este odiado burócrata, cuyas manos, además, no
estaban del todo limpias, fue ocupada por las organizaciones obreras
de la barriada de Viborg, principalmente a causa de su inmenso
jardín, que se convirtió en el lugar de juegos favorito
de los niños. La prensa burguesa pintaba la villa confiscada
como una cueva de bandidos, una especie de Kronstadt de la barriada
de Viborg. Nadie se tomaba el trabajo de darse una vuelta por
allí a comprobar la verdadera realidad. El gobierno, que
sorteaba cuidadosamente todas las cuestiones de importancia, se
entregó con verdadero ardor a la obra de salvar la villa
de Durnovo. Se pidió la sanción del Comité
ejecutivo para tomar medidas heroicas y, naturalmente, Tsereteli
no la negó. El fiscal dio orden al grupo de «anarquistas»
de que desahuciasen la casa en un plazo de veinticuatro horas.
Los obreros, enterados de las acciones militares que se preparaban,
lanzaron la voz de alarma. Los anarquistas, por su parte, amenazaron
con resistirse por la fuerza de las armas. Veintiocho fábricas
declararon una huelga de protesta. El Comité ejecutivo
lanzó un manifiesto acusando a los obreros de Viborg de
auxiliares de la contrarrevolución. Después de esta
preparación, los representantes de la justicia y de la
milicia penetraron en la madriguera del león. Pronto se
comprobó que en la villa, en la que se habían instalado
una serie de organizaciones obreras de cultura, reinaba el más
completo orden. Y no hubo más remedio que retroceder de
un modo ignominioso. Pero la cosa no paró ahí.
El 9 de junio cayó en el Congreso esta noticia como una
bomba. La Pravda de aquella mañana publicaba un llamamiento
a una manifestación organizada para el día siguiente.
Cheidse, hombre asustadizo, razón por la cual propendía
también harto fácilmente a asustar a los demás,
declaró, con voz de ultratumba: "Si el Congreso no
toma medidas, el día de mañana será fatal."
Los delegados alzaron la cabeza, intranquilos. Para concebir la
idea de enfrentar a los obreros y soldados de Petrogrado con el
Congreso, no hacía falta ninguna cabeza genial: bastaba
con fijarse en la situación. Las masas apretaban a los
bolcheviques. Apretaba, sobre todo, la guarnición, temerosa
de que, con motivo de la ofensiva, fueran a dispersarla y enviarla
a distintos frentes. A esto se añadía el profundo
descontento producido por la "Declaración de los derechos
del soldado", que representaba un gran paso atrás,
en comparación con el "decreto número 1",
y el régimen que se había implantado de hecho en
el ejército. La iniciativa de la manifestación partió
de la organización militar de los bolcheviques. Los directores
de la misma afirmaban fundadamente, como demostraron los acontecimientos,
que si el partido no asumía la dirección, los soldados
se echarían ellos mismos a la calle. Sin embargo, el cambio
profundo operado en el estado de espíritu de las masas
no era siempre fácilmente perceptible, y esto engendraba
ciertas vacilaciones hasta entre los propios bolcheviques. Los
directores de la misma afirmaban fundadamente, como demostraron
los acontecimientos, que si el partido no asumía la dirección,
los soldados se echarían ellos mismos a la calle. Sin embargo,
el cambio profundo operado en el estado de espíritu de
las masas no era siempre fácilmente perceptible, y esto
engendraba ciertas vacilaciones hasta entre los propios bolcheviques.
Volodarski no estaba seguro de que los obreros salieran a la calle.
Había dudas asimismo acerca del giro que tomaría
la manifestación. Los representantes de la organización
militar afirmaban que los soldados, ante el miedo a que les atacasen,
no saldrían a la calle desarmados. "¿En qué
parará esta manifestación?", preguntaba el
prudente Tomski, exigiendo que la cuestión volviera a examinarse
con cuidado. Stalin afirmaba que "la efervescencia entre
los soldados era indudable, pero que no podía decirse lo
mismo, de un modo concluyente, con respecto a los obreros";
a pesar de todo, creía necesario resistir al gobierno.
Kalinin, siempre más inclinado a rehuir la batalla que
a aceptarla, se pronunciaba decididamente contra la manifestación,
fundándose en la ausencia de un motivo claro, sobre todo
en lo tocante a los obreros: "La manifestación será
una cosa artificial". El 8 de junio, en la conferencia celebrada
con los representantes de las barriadas, después de una
serie de votaciones preliminares, 131 manos se levantaron en favor
de la manifestación, seis votaron en contra y 22 se abstuvieron.
La manifestación fue señalada para el domingo día
10 de junio.
Los trabajos preparatorios se llevaron en secreto hasta el último
momento, con el fin de no dar a los socialrevolucionarios y mencheviques
la posibilidad de emprender una campaña en contra. Esta
legítima medida de previsión había de interpretarse
más tarde como prueba de que existía un compló
militar. El Consejo central de los Comités de fábrica
se adhirió a la idea de organizar la manifestación.
"Bajo la presión de Trotski, y contra el parecer de
Lunacharski, que era contrario a la proposición -escribe
Yugov-, el Comité de los meirayontsi, decidió adherirse
a la manifestación." Los preparativos se llevaron
a cabo con una energía febril.
La manifestación había de alzar bandera por el poder
de los soviets. La divisa de combate era: "¡Abajo los
diez ministros capitalistas!" Era el modo más sencillo
de expresar la necesidad de romper el bloque con la burguesía.
La manifestación se dirigía hacia la Academia militar,
donde estaba reunido el Congreso. Con esto, se daba a entender
que no se trataba de derribar al gobierno, sino de ejercer presión
sobre los dirigentes de los soviets.
Huelga decir que en las reuniones preliminares celebradas por
los bolcheviques no fueron éstas las únicas voces
que sonaron. Por ejemplo, Smilga, que había sido elegido
hacía poco miembro del Comité central, propuso "no
renunciar a apoderarse de Correos, de Telégrafos y del
Arsenal, si los acontecimientos toman el giro de un choque abierto".
Otro de los reunidos, el miembro del Comité de Petrogrado,
Latzis, escribía en su diario, refiriéndose a que
había sido desechada la proposición de Smilga: "No
puedo estar conforme con esto... Me pondré de acuerdo con
los camaradas Semaschko y Rachjia, para estar preparados en caso
de necesidad y apoderarnos de las estaciones, los arsenales, los
Bancos y de Correos y Telégrafos, apoyándonos en
el regimiento de ametralladoras." Semaschko era oficial de
este regimiento y Rachjia un obrero bolchevique muy combativo.
"Este estado de espíritu era muy explicable. El partido
navegaba derechamente rumbo a la toma del poder; lo problemático
no era más que el modo de apreciar la situación.
En Petrogrado se estaba operando un cambio evidente de opinión
a favor de los bolcheviques; pero en provincias, este proceso
se desarrollaba más lentamente; además, el frente
necesitaba de la lección de la ofensiva para vencer su
recelo contra los bolcheviques. Por eso Lenin se mantenía
firme en su posición de abril: "Explicar pacientemente."
En sus Memorias, Sujánov expone el plan de la manifestación
del 10 de junio como si se tratase de un designio deliberado de
Lenin para adueñarse del poder, "caso de que las circunstancias
fuesen propicias". En realidad, los que intentaron plantear
la cuestión en estos términos fueron unos cuantos
bolcheviques aislados que, según la expresión que
les aplicaba, bromeando, Lenin, viraban "un poquitín
más a la izquierda" de lo que era preciso. Sujánov
no se molesta siquiera en contrastar sus arbitrarias conjeturas
con la línea política mantenida por Lenin en numerosos
discursos y artículos.
El buró del Comité ejecutivo exigió inmediatamente
de los bolcheviques que suspendieran la manifestación.
¿Por qué razón? Era evidente que sólo
el gobierno tenía atribuciones para prohibir formalmente
la manifestación. Pero éste no se atrevía
siquiera a pensar en tal cosa. ¿Cómo se explica que
el Soviet, que era oficialmente una "organización
privada" dirigida por el bloque de dos partidos políticos,
pudiera prohibir una manifestación a un partido que nada
tenía que ver con ellos? El Comité central del partido
bolchevique se negó a acceder a la demanda, pero creyó
oportuno subrayar aun más el carácter pacífico
de la manifestación. El 9 de junio se fijó en los
barrios obreros esta proclama de los bolcheviques: "Como
ciudadanos libres, tenemos el derecho de protestar, y debemos
aprovecharnos de este derecho antes de que sea demasiado tarde.
El derecho a manifestarnos pacíficamente no puede discutírnoslo
nadie."
Los conciliadores sometieron la cuestión al Congreso. Fue
entonces cuando Cheidse pronunció aquellas palabras acerca
de las consecuencias fatales que podría tener la manifestación,
añadiendo que sería preciso constituirse toda la
noche en sesión permanente. Guegtschkori, miembro de la
presidencia, otro de los hombres de la Gironda, puso fin a su
discurso con un denuesto grosero dirigido a los bolcheviques.
"¡Apartad vuestras sucias manos de nuestra gran obra!"
A pesar de sus requerimientos, a los bolcheviques no se les concedió
el tiempo necesario para reunirse en fracción a deliberar
sobre el asunto. El Congreso tomó el acuerdo de prohibir
todo género de manifestaciones durante tres días.
Ese acto de violencia contra los bolcheviques era, al propio tiempo,
un acto de usurpación de funciones con respecto al gobierno;
los Soviets seguían robándose neciamente el poder
de debajo de la almohada.
A la misma hora, Miliukov hablaba en el Congreso cosaco y acusaba
a los bolcheviques de ser los "principales enemigos de la
revolución rusa". Según la lógica natural
de las cosas, su mejor amigo era, indiscutiblemente, el propio
Miliukov, que en vísperas de febrero se inclinaba más
a aceptar la derrota infligida a Rusia por los alemanes que la
revolución realizada por el pueblo ruso. Y como los cosacos
preguntasen qué actitud había que adoptar con los
adeptos de Lenin, Miliukov contestó: "Ya va siendo
hora de acabar con esos señores." El jefe de la burguesía
tenía demasiada prisa. Y, sin embargo, hay que reconocer
que el tiempo apremiaba.
Entre tanto, en las fábricas y en los regimientos se celebraban
mítines, en los cuales se acordaba echarse al día
siguiente a la calle tremolando la divisa de «¡Todo
el poder, a los soviets!» El ruido que arrancaban los Congresos
soviético y cosaco hizo que pasara inadvertido el hecho
de que en las elecciones a la Duma del barrio de Viborg obtuvieran
37 puestos los bolcheviques, 22 el bloque socialrevolucionario
y menchevique y cuatro los kadetes.
Ante la categórica decisión del Congreso y la misteriosa
alusión a la amenaza de un golpe de derecha, los bolcheviques
decidieron revisar la cuestión. Lo que ellos querían
era una manifestación pacífica y no una insurrección,
y no tenían motivos para convertir en seminsurrección
la manifestación prohibida. La presidencia del Congreso,
por su parte, decidió tomar medidas. Unos cuantos centenares
de delegados fueron organizados en grupos de diez y enviados a
los barrios obreros y a los cuarteles con el fin de evitar la
manifestación y volver después al palacio de Táurida
para dar cuenta del cumplimiento de su cometido. El Comité
ejecutivo de los diputados campesinos se asoció a esta
expedición destinando a ella setenta hombres.
Aunque de un modo inesperado, los bolcheviques consiguieron lo
que se proponían: los delegados del Congreso veíanse
obligados a ponerse en contacto con los obreros y soldados de
la capital. No se dejó que la montaña se acercara
a los profetas, pero los profetas no tuvieron más remedio
que acercarse a la montaña. Aquel encuentro resultó
fecundo en alto grado. En las Izvestia del Soviet de Moscú,
el corresponsal -un menchevique- traza el siguiente cuadro: «La
mayoría del Congreso, más de quinientos miembros
del mismo, se pasaron la noche en blanco, dividiéronse
en grupos de a diez, que recorrieron las fábricas y los
cuarteles de Petrogrado invitando a los obreros y a los soldados
a no acudir a la manifestación... El Congreso no goza de
prestigio en una parte considerable de las fábricas, como
tampoco en algunos regimientos de la guarnición... Muy
a menudo, los miembros del Congreso no eran acogidos con simpatía,
ni mucho menos; a veces, se les recibía con hostilidad
y hasta con rencor.» El órgano soviético oficial
no exagera, ni mucho menos; al contrario, da una idea bastante
atenuada de aquel encuentro nocturno entre los dos mundos.
Desde luego, después de ponerse al habla con las masas
de Petrogrado, los delegados no podían abrigar ya ninguna
duda respecto a quién podía, en lo sucesivo, acordar
una manifestación o prohibirla. Los obreros de la fábrica
de Putílov no accedieron a fijar el manifiesto del Congreso
contra la manifestación hasta persuadirse, por la lectura
de la Pravda, de que no contradecía al acuerdo de
los bolcheviques. El primer regimiento de ametralladoras, que
desempeñaba el papel de vanguardia en la guarnición,
como lo desempeñaba la fábrica Putílov en
los medios obreros, después de conocidos los informes de
Cheidse y Avksentiev, presidentes de los dos Comités ejecutivos,
votó la siguiente resolución: «De acuerdo con
el Comité central de los bolcheviques y de la organización
militar, el regimiento decide aplazar su acción...»
Las brigadas de pacificadores llegaban al palacio de Táurida,
después de una noche entera sin dormir, en un estado de
completa desmoralización. Ellos, que creían que
la autoridad del Congreso era indiscutible, habían chocado
contra un recio muro de desconfianza y hostilidad. «Las masas
están al lado de los bolcheviques.» «Reina una
actitud muy hostil contra los mencheviques y socialrevolucionarios.»
«No creen más que a la Pravda.» En algunos
sitios, nos gritaron: «No os consideramos como compañeros.»
Uno tras otro, los delegados daban cuenta de cómo a pesar
de haberse conseguido aplazar la batalla, habían sufrido
una dura derrota.
Las masas se sometieron a la resolución de los bolcheviques,
pero no sin protestas y manifestaciones de indignación.
En algunas fábricas se votaron resoluciones censurando
al Comité central. En los barrios obreros los miembros
más fogosos del partido rompieron sus carnets. Era un aviso
serio.
Los conciliadores razonaron la prohibición alegando que
los monárquicos preparaban un complot, para el cual se
hubieran aprovechado de la manifestación bolchevique; aludían
a la participación de una parte del Congreso cosaco en
este complot y a la marcha de tropas contrarrevolucionarias sobre
Petrogrado. Era natural que, después de prohibida la manifestación,
los bolcheviques exigieran explicaciones respecto al pretendido
complot. Los jefes del Congreso, en vez de dar la contestación
que se les pedía, acusaron de conspiradores a los propios
bolcheviques. De este modo, salían bastante airosamente
del apuro.
Hay que reconocer, sin embargo, que en la noche del 10 de junio
los conciliadores descubrieron, en efecto, un complot que los
conmovió profundamente. Era el complot tramado pro las
masas con los bolcheviques contra los conciliadores. No obstante,
el hecho de que los bolcheviques se hubiesen sometido a las órdenes
del Congreso alentó a los conciliadores y permitió
que su pánico se convirtiera en furor. Los mencheviques
y socialrevolucionarios decidieron dar pruebas de una férrea
energía. El 10 de junio, el periódico de los mencheviques
decía: «Es hora ya de denunciar a los leninistas como
traidores a la revolución.» El representante que habló
en el Congreso de los cosacos en nombre del Comité ejecutivo,
pidió que los cosacos apoyaran al Soviet contra los bolcheviques.
El presidente, que era el atamán del Ural Dutov, le contestó:
«Los cosacos estaremos siempre al lado del Soviet.»
Los reaccionarios, para dar la batalla a los bolcheviques, estaban
dispuestos a aliarse incluso con el Soviet, para luego poderlo
estrangular de un modo más seguro.
El 11 de junio se reúne un tribunal imponente: el Comité
ejecutivo, los miembros de la presidencia del Congreso, los dirigentes
de las fracciones, unas cien personas en total. Como siempre,
el papel del fiscal corre a cargo de Tsereteli, quien exige furiosamente
que se tomen medidas severas, y trata con desdén a Dan,
dispuesto siempre a atacar a los bolcheviques, pero que no acaba
de decidirse a exterminarlos. «Lo que ahora hacen los bolcheviques
se sale ya de los límites de la propaganda ideológica,
para convertirse en un complot... Que nos dispensen, pero ha llegado
la hora de adoptar otros métodos de lucha. Hay que desarmar
a los bolcheviques. No se pueden dejar en sus manos los abundantes
recursos técnicos de que hasta ahora han dispuesto. No
podemos dejar en sus manos las ametralladoras y las armas. No
toleraremos ningún complot.» Resonaba aquí
una nueva nota: desarmar a los bolcheviques. Pero ¿qué
significaba, en realidad, desarmar a los bolcheviques? Sujánov
escribe, hablando de esto: «No hay que olvidar que los bolcheviques
no tienen ningún depósito propio de armas. Estas
se hallan en poder de los soldados y los obreros, que en su imponente
mayoría siguen a los bolcheviques. Desarmar a los bolcheviques
no puede significar más que desarmar al proletariado. Y
no bastaría siquiera esto, pues habría que desarmar
también a las tropas.»
Como se ve, se acerca el momento clásico de la revolución,
ese momento en que la democracia burguesa, acosada por la reacción,
pretende desarmar a los obreros que han asegurado el triunfo de
una causa revolucionaria. Los señores demócratas,
entre los cuales había gentes leídas, ponían
invariablemente sus simpatías en los desarmados, nunca
en los que desarmaban, cuando en los libros leían estas
cosas, pero cuando el problema se planteaba ante ellos en la realidad
tangible, las cosas cambiaban. El hecho de que fuera Tsereteli,
un revolucionario que se había pasado varios años
en presidio, que todavía ayer era un zimmerwaldiano, quien
emprendiera el desarme de los obreros, no era cosa fácil
de comprender. La sala, al oírlo, se quedó estupefacta.
A pesar de todo, los delegados de provincias parecían darse
cuenta de que les estaban empujando al abismo. Uno de los oficiales
tuvo un ataque histérico.
No menos pálido que Tsereteli, Kámenev se puso en
pie y exclamó, con un tono de dignidad cuya fuerza impresionó
al auditorio: «Señor ministro, si no lanza usted sus
palabras al viento, no tiene derecho a limitarse a amenazar. ¡Deténgame
usted y sométame a proceso por conspirar contra la revolución!»
Los bolcheviques abandonaron la sala en señal de protesta,
negándose a tomar parte en el escarnio de que se hacía
objeto a su partido. La tensión en la sala se hace insoportable.
Líber acude en auxilio de Tsereteli. Al furor contenido
sucede en la tribuna el furor histérico. Líber exige
que se adopten medidas implacables. «Si queréis que
os siga la masa que está con los bolcheviques, romped con
el bolchevismo.» Pero se le escucha sin ninguna simpatía,
y basta con un cierto sentimiento de hostilidad.
Lunacharski, siempre impresionable, intenta encontrar inmediatamente
palabras que no desentonen de los sentimientos de la mayoría:
si bien los bolcheviques aseguraban que su intención no
era otra que celebrar una manifestación pacífica,
a él la propia experiencia le había enseñado
que «era un error organizar la manifestación».
Pero no había por qué agudizar el conflicto. Lunacharski
irrita a los amigos sin conseguir calmar a los adversarios.
«No vamos contra las tendencias izquierdistas -dice jesuíticamente
Dan, el jefe más experimentado, pero, al mismo tiempo,
el más estéril de todo el pantano-; nuestro enemigo
es la contrarrevolución. No tenemos la culpa de que detrás
de vosotros acechen los agentes de Alemania.» Aquella alusión
a los alemanes no tenía más objeto que suplir la
carencia de argumentos. Huelga decir que entre todos ellos no
podían aportar el nombre de un solo agente a sueldo de
Alemania.
Tsereteli proponíase asestar el golpe. Dan no quería
más que levantar la mano. Consciente de su impotencia,
el Comité ejecutivo se asoció a la propuesta del
segundo. La resolución que se sometió al Congreso
al día siguiente tenía el carácter de una
ley de excepción contra los bolcheviques, pero sin consecuencias
prácticas inmediatas.
«Después de la visita girada a las fábricas
y a los regimientos por vuestros delegados -rezaba la declaración
escrita elevada al Congreso por los bolcheviques- no puede caber
la menor duda de que si la manifestación no se ha celebrado
no ha sido precisamente porque vosotros la hubieseis prohibido,
sino porque nuestro partido la suspendió... La ficción
del complot militar ha sido denunciada por un miembro del gobierno
provisional para desarmar al proletariado de Petrogrado y disolver
la guarnición de la capital... Aun dado el caso de que
el poder del Estado pasara íntegramente a manos del Soviet
-punto de vista que nosotros defendemos- y éste intentara
poner trabas a nuestras campañas, esto nos obligaría,
tal vez, no a someternos pasivamente, sino a aceptar la cárcel
y cualesquiera otras sanciones en aras de la idea del socialismo
internacional que nos separa de vosotros.»
La mayoría y la minoría del Soviet se enfrentaron
durante aquellos días, como preparándose a librar
la batalla decisiva. Pero, en el último momento, los dos
bandos dieron un paso atrás. Los bolcheviques renunciaron
a celebrar la manifestación: los conciliadores, a desarmar
a los obreros.
A Tsereteli le dejaron en minoría sus huestes. Sin embargo,
no puede negarse que, a su manera, tenía razón.
La política de alianza con la burguesía había
llegado a un punto en que era necesario reducir a la impotencia
a las masas rebeldes. Únicamente desarmando a los obreros
y a los soldados podía llevarse la política del
bloque hasta el anhelado fin, o sea hasta la instauración
del régimen parlamentario de la burguesía. Pero
Tsereteli, aun teniendo razón, era impotente para imponerla.
Ni los soldados ni los obreros hubieran entregado voluntariamente
las armas. No hubiera habido más remedio que emplear contra
ellos la fuerza. Tsereteli no tenía ya fuerza para tanto.
Para obtenerla, si es que la había en algún lado,
hubiera tenido que pactar con la reacción, quien, una vez
aniquilado el partido bolchevique, se habría cuidado, sin
pérdida de tiempo, de hacer lo mismo con los soviets conciliadores,
y pronto le hubiera hecho saber a Tsereteli que él no era
más que un simple ex presidiario. Pero el rumbo tomado
más tarde por los acontecimientos demuestra que tampoco
la reacción disponía de la fuerza necesaria.
Tsereteli basaba políticamente la necesidad de dar la batalla
a los bolcheviques en el hecho de que, según él,
éstos divorciaban al proletariado de los campesinos. Mártov
le objetó: «No es del seno de la masa campesina precisamente
de donde Tsereteli toma sus ideas. « El grupo de los kadetes
de derecha, el grupo de los capitalistas, el grupo de los terratenientes,
el grupo de los imperialistas, la burguesía de los países
occidentales: ésos son los que exigen el desarme de los
obreros y los soldados. Mártov tenía razón:
en la historia, en las clases poseedoras se atrincheran no pocas
veces, para hacer prosperar sus intereses, detrás de los
campesinos.
Desde el día en que vieran la luz las tesis de abril mantenidas
por Lenin, el peligro de que el proletariado se aislara de los
campesinos fue el principal argumento de todos los que pugnaban
por tirar para atrás la revolución. Se explica perfectamente
que Lenin comparase a Tsereteli con los «viejos bolcheviques».
En uno de sus trabajos publicados en 1917, Trotski escribía,
a este propósito: «El aislamiento en que se encuentra
nuestro partido con respecto a los socialrevolucionarios y mencheviques,
por radical que sea, llevado incluso hasta detrás de los
muros carcelarios, no significa, ni mucho menos, el aislamiento
del proletariado con respecto a las masas oprimidas de la ciudad
y el campo. Al contrario, la recia oposición de la política
del proletariado revolucionario contra la pérfida política
de concesiones de los actuales dirigentes soviéticos es
lo único que puede trazar una diferenciación política
salvadora en los millones de campesinos, arrancar a los campesinos
pobres a la dirección traicionera de los labriegos socialrevolucionarios
acomodados y convertir al proletariado socialista en el verdadero
caudillo de la revolución popular triunfante.»
Y, sin embargo, aquel argumento, falso hasta la médula,
de Tsereteli resultó tener una gran fuerza vital. En vísperas
de la revolución de Octubre, volvió a levantar cabeza
con fuerza redoblada, como el argumento que esgrimían muchos
«viejos bolcheviques» contra la toma del poder. Años
después, al iniciarse la reacción ideológica
contra las tradiciones de octubre, la fórmula de Tsereteli
convirtióse en la principal arma teórica de la escuela
de los epígonos.
En la misma sesión del Congreso de los soviets, que conoció,
en rebeldía, del proceso contra los bolcheviques, el representante
del menchevismo propuso, cuando menos se esperaba, que para el
próximo domingo, 18 de junio, se organizase en Petrogrado
y en las ciudades más importantes una manifestación
de obreros y soldados, para patentizar a los enemigos la unidad
y la fuerza de la democracia. La proposición, aunque dejó
un poco perplejo al Congreso, fue aceptada. Un mes después,
Miliukov explicaba de un modo bastante plausible este inesperado
cambio de frente de los conciliadores: «Después de
pronunciar en el Congreso de los soviets discursos de tono liberal,
después de hacer fracasar la manifestación armada
del 10 de junio..., los ministros socialistas tuvieron la sensación
de que habían ido demasiado lejos en su acercamiento a
nuestro campo, de que empezaba a faltarles el terreno en que pisaban.
Entonces se asustaron y dieron un viraje hacia los bolcheviques.»
Claro está que aquel acuerdo de organizar una manifestación
para el 18 de junio no era precisamente un viraje hacia los bolcheviques,
sino algo muy distinto: una tentativa de viraje hacia las masas
contra el bolchevismo. El encuentro nocturno con los obreros y
los soldados les había producido una impresión bastante
fuerte a los elementos dirigentes de los soviets. Así se
explica que, abandonando los propósitos imperantes al abrirse
el Congreso, se publicase atropelladamente, en nombre del gobierno,
un decreto disolviendo la Duma y convocando la Asamblea constituyente
para el 30 de septiembre próximo. Las divisas de la manifestación
habían sido concebidas de modo que no suscitaran la irritación
de las masas:»Paz general», «Convocación
inmediata de la Asamblea constituyente», «República
democrática». Ni una palabra acerca de la ofensiva
ni de la coalición. Lenin preguntaba en la Pravda:
«¿Qué se ha hecho, señores, de aquella
confianza absoluta en el gobierno provisional? ¿Por qué
la lengua se os pega al paladar?» Estas ironías daban
en el blanco: en efecto, los conciliadores no se atrevían
a exigir de las masas que depositasen su confianza en el gobierno
de que formaban parte.
Los delegados soviéticos, después de recorrer por
segunda vez las barriadas obreras y los cuarteles, en vísperas
de la manifestación, dieron informes muy alentadores al
Comité ejecutivo. Tsereteli, a quien estos informes devolvieron
la serenidad y la afición a desempeñar el papel
de mentor, se dirigió en estos términos a los bolcheviques:
«Ahora tenemos ocasión de pasar revista a nuestras
fuerzas de un modo franco y honrado... Ha llegado la hora de que
sepamos todos a quién sigue la mayoría: si a vosotros
o a nosotros.» Los bolcheviques aceptaron el reto aun antes
de que fuera formulado de un modo tan imprudente. «Acudiremos
a la manifestación del 19 -decía la Pravda-
para luchar por las mismas consignas por las que queríamos
manifestarnos el día 10.»
Pensando seguramente en el entierro de marzo, que había
sido, a lo menos exteriormente, una grandiosa manifestación
de unidad de la democracia, la ruta trazada para ésta conducía
también al Campo de Marte, a las tumbas de las víctimas
de febrero. Pero la ruta era lo único que recordaba los
ya lejanos días de marzo. Tomaron parte en la manifestación
cerca de cuatrocientas mil personas: muchas menos, por tanto,
que en el entierro: de esta manifestación soviética
no sólo estaba ausente la burguesía, aliada de los
soviets, sino que lo estaban también los intelectuales
radicales, que en las otras paradas de la democracia habían
ocupado un puesto tan preeminente. En sus filas formaban casi
exclusivamente los cuarteles y las fábricas.
Los delegados del Congreso, congregados en el Campo de Marte,
iban leyendo los cartelones que desfilaban ante ellos. Las primeras
divisas bolcheviques fueron acogidas medio en broma. Era natural
que así fuese; no en vano la víspera, Tsereteli
había lanzado su reto con tanta firmeza. Lo malo era que
estas consignas se repetían profusamente: «¡Abajo
los diez ministros capitalistas!», «¡Abajo la ofensiva!»,
«¡Todo el poder a los Soviets!» La sonrisa irónica
fue borrándose de los rostros. Las banderas bolchevistas
iban desfilando, unas tras otras, en procesión inacabable.
Los delegados no las tenían todas consigo. El triunfo de
los bolcheviques era demasiado evidente para negarlo. «De
vez en cuando -dice Sujánov- aparecían entre las
banderas y las columnas bolcheviques las divisas específicamente
socialrevolucionarias y soviéticas. Pero se perdían
entre la masa.» Al día siguiente, el órgano
oficioso del Soviet daba cuenta del furor con que en algunos sitios
habían sido destrozadas las banderas con las consignas
pidiendo un voto de confianza para el gobierno provisional. En
estas palabras hay una evidente exageración. Por la sencilla
razón de que sólo tres pequeños grupos portaban
cartelones de homenaje al gobierno provisional: eran los amigos
de Plejánov, el regimiento de cosacos y un grupo de intelectuales
judíos afiliados al «Bund». Este trío
combinado que, por los elementos que lo integraban, producía
la impresión de un hecho político raro, parecía
no tener más finalidad que poner al descubierto, para que
todo el mundo lo viese, la impotencia del régimen. Ante
los gritos de protesta de la multitud, los amigos de Plejánov
y los del «Bund» se vieron obligados a retirar los cartelones.
La bandera de los cosacos que mostraron más tozudez fue,
en efecto, arrebatada y destrozada por el público.
«Lo que hasta ahora no era más que un arroyuelo -comentan
las Izvestia- se ha convertido en un caudaloso río,
cada vez más hinchado y que amenaza con desbordarse.»
Se trataba de la barriada de Viborg, cubierta toda ella de banderas
bolcheviques con la inscripción: «¡Abajo los
diez ministros capitalistas!» Una de las fábricas
tremolaba un cartelón que decía así: «El
derecho a la vida está por encima del derecho de propiedad.»
Esta divisa no obedecía a órdenes del partido.
Los delegados de provincias, aturdidos, buscaban a los jefes con
los ojos. Éstos rehuían la mirada o se escabullían
buenamente. Los bolcheviques asediaban a preguntas a los provincianos.
¿Se parece esto, acaso, a un puñado de conspiradores?
Los delegados de provincias convenían en que no, en que
no lo parecían. «No pude negarse que en Petrogrado
sois una fuerza -reconocían en un tono bastante distinto
del adoptado en la sesión oficial del Congreso-; pero no
ocurre lo mismo en las provincias ni en el frente.» Esperad,
les contestaban los bolcheviques, que pronto os llegará
también a vosotros el turno y se alzarán en provincias
los mismos cartelones.
«Durante el desfile -escribía el viejo Plejánov-,
yo estaba en el Campo de Marte, al lado de Cheidse., Por su semblante,
veía que no se engañaba en lo más mínimo
respecto a la significación de aquella profusión
asombrosa de carteles pidiendo el derrocamiento de los ministros
capitalistas. Y aun parecían subrayar deliberadamente esa
significación de las órdenes verdaderamente autoritarias
con que se dirigían a él algunos de los representantes
leninistas que desfilaban ante nosotros con aire triunfal.»
Desde luego, los bolcheviques tenían motivos para estar
satisfechos. «Juzgando por los cartelones y las divisas de
los manifestantes -decía el periódico de Gorki-,
la manifestación del domingo ha puesto de relieve el triunfo
completo alcanzado por el bolchevismo entre el proletariado petersburgués.»
Era, en efecto, un gran triunfo, obtenido, además, en la
palestra escogida por el propio adversario., El Congreso de los
soviets, después de aprobar la ofensiva, aceptar la coalición
y anatemizar a los bolcheviques, se aventuraba a llamar a la calle
a las masas. Éstas acudían y le decían a
la cara: votamos contra la ofensiva y contra la coalición;
estamos al lado de los bolcheviques. Tal era el balance político
de la manifestación de junio. Y se explica que el periódico
de los mencheviques, iniciadores de la manifestación, preguntara
melancólicamente al día siguiente: «¿A
quién se le ocurrió esta desdichada idea?»
Naturalmente que no todos los obreros y soldados de la capital
tomaron parte en la manifestación, como tampoco todos los
manifestantes eran bolcheviques. Pero lo evidente era que nadie
quería la coalición. Los obreros adversos aun al
bolchevismo no sabían qué oponerle, razón
por la cual su enemiga se tornaba en expectante neutralidad. No
pocos mencheviques y socialrevolucionarios, que aún no
habían roto con sus partidos pero que habían perdido
ya la confianza en sus consignas, abrazaban las de los bolcheviques.
La manifestación del 18 de junio produjo una inmensa impresión
a los propios manifestantes. Las masas vieron que el bolchevismo
se convertía en una fuerza, y los vacilantes se sintieron
atraídos hacia él. En Moscú, Kiev, Charkov,
Yekaterinoslav y muchas ciudades provinciales, las manifestaciones
pusieron de relieve los inmensos avances conseguidos por los bolcheviques
sobre las masas. Por todas partes surgían los mismos lemas,
clavados en el mismo corazón del régimen de Febrero.
Había que sacar las consecuencias de todo esto. Parecía
que ya los conciliadores no tenían salida del atolladero,
cuando, a última hora, vino en su auxilio la ofensiva.
El 19 de junio, la avenida Nevski presenció varias manifestaciones
patrióticas organizadas por los kadetes y con retratos
de Kerenski por bandera. El propio Miliukov confiesa que estas
manifestaciones se parecían tan poco a la que desfilara
por aquellas mismas calles el día anterior, que al sentimiento
de entusiasmo se unía involuntariamente la desconfianza.
¡Sentimiento muy legítimo! Pero los conciliadores
respiraron tranquilos. Su pensamiento se remontó inmediatamente
por encima de las dos manifestaciones, como la esencia de la síntesis
democrática. Esta gente estaba condenada a apurar hasta
las heces la copa de las decepciones y de la humillación.
En abril habían chocado en la calle dos manifestaciones:
la revolucionaria y la patriótica, y el choque produjo
víctimas. Las manifestaciones adversas del 18 y del 19
de junio se sucedieron la una a la otra. Esta vez no llegó
a estallar la pugna violenta. Pero ya no se podía evitar
que estallase., Lo que se hizo fue únicamente aplazarla
hasta dos semanas después.
Los anarquistas, que no sabían cómo manifestar su
fiera independencia, se aprovecharon de la manifestación
del 19 de junio para asaltar la cárcel de Viborg. Los detenidos,
presos comunes en su mayoría, fueron puestos en libertad,
sin combate ni víctimas. El ataque no cogía desprevenida,
manifiestamente, a la administración, que no ofreció
la menor resistencia a la agresión de los anarquistas reales
y supuestos. Este enigmático episodio no tenía nada
que ver con la manifestación. Pero la prensa patriótica
lo mezcló todo como le convino. Los bolcheviques propusieron
en el Congreso de los soviets que se abriera una información
rigurosa para averiguara como habían podido ponerse en
libertad 460 presos de delitos comunes. Pero los conciliadores
no podían permitirse este lujo, pues temían chocar
con los representantes de la superioridad administrativa y con
sus aliados del bloque. Además, no tenían el menor
deseo de defender contra las calumnias malignas a la manifestación
organizada por ellos.
El ministro de Justicia, Perevedzey, que unos días antes
se había cubierto de oprobio en el asunto de la villa de
Durnovo, decidió tomarse la revancha y, so pretexto de
buscar a los reclusos evadidos, volvió a asaltar la dicha
villa. Los anarquistas ofrecieron resistencia, y, durante el tiroteo
que se abrió, resultó muerto uno de ellos, quedó
la villa destrozada. Los obreros de la barriada de Viborg, que
consideraban como suya esta casa, dieron la voz de alarma. En
algunas fábricas abandonaron el trabajo. La alarma se extendió
por otros barrios y hasta por los cuarteles.
Los últimos días de junio se caracterizan por un estado constante de efervescencia. El regimiento de Ametralladoras está dispuesto a lanzarse inmediatamente al ataque contra el gobierno provisional. Los huelguistas recorren los cuarteles invitando a los soldados a echarse a la calle. Una manifestación de protesta, formada por campesinos con uniforme de soldados, muchos ya canosos, recorre las calles: son hombres de cuarenta años, que exigen que les dejen marcharse a los trabajos del campo. Los bolcheviques se pronuncia contra la acción inmediata: la manifestación del 18 de junio ha dicho todo lo que tenía que decir: para obtener un cambio, no bastaba con manifestaciones, y la hora del golpe decisivo no había sonado aún. El 22 de junio, los bolcheviques dirigen un llamamiento a la guarnición: «No atendáis a las invitaciones que os hagan para que os echéis a la calle, en nombre de la organización militar.» Del frente llegan delegados que se lamentan de los actos violentos y de las sanciones de que son víctimas los soldados. La amenaza de disolver los regimientos insumisos no consigue más que echar leña al fuego. «En muchos regimientos, los soldados duermen con las armas al brazo», dice una declaración elevada por los bolcheviques al comité ejecutivo. Las manifestaciones patrióticas, no pocas veces armadas, provocan colisiones en las calles. Son pequeñas descargas de la electricidad acumulada. Ninguno de los bandos se decide a emprender la ofensiva: la reacción es demasiado débil y la revolución no tiene aún una confianza absoluta en sus fuerzas. Pero tal parece que las calles de la ciudad están regadas con materias explosivas. Flota en el ambiente la inminencia del choque. La prensa bolchevique explica y frena. La prensa patriótica exterioriza su inquietud lanzándose a una campaña desenfrenada contra los bolcheviques. El 25 de junio, Lenin escribe: «Los salvajes aullidos de furor y de rabia contra los bolcheviques son el gemido de los kadetes, los socialrevolucionarios y los mencheviques por su propia impotencia. Tienen la mayoría. Están en el poder. Forman un bloque. Y ven que, a pesar de todo, no pueden nada. ¿Cómo no han de ponerse furiosos contra los bolcheviques?»